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MI ÚLTIMO ENCUENTRO CON DOÑA YOLA

Publicado por Redaccion Diario55  |  Opinión |  viernes 4 septiembre 2015

Tuve el honor de compartir con ella, por última vez, en julio recién pasado, durante el acto de cambio de directiva del Club Rotario “Tamboril”. Ante la misma mesa estábamos sentados.  Esa noche, ella  lucía muy alegre, jovial  y conversadora, tanto que se me ocurrió decirle:

«Usted parece una muchachita hoy, doña Yola»

Ella rio de manera efusiva,  y acto seguido respondió:

«No ombe, eso es porque tú me ves con los ojos del corazón»

 Y como era su costumbre, acto seguido  procedió a preguntarme por mi hermana Gernalda, recordar y  emitir las más afectuosas palabras de elogios acerca  de mi difunta madre.

Me refiero, obviamente, a la distinguida dama tamborileña, doña Yolanda Victoria  Martínez Estrella Vda. Martínez (Doña Yola), la cual  se nos fue para siempre del mundo de los vivos, el martes (1 de septiembre) de la presente semana.

Murió un alma noble,  una gran mujer, una madre y esposa ejemplar, un ser sumamente bueno y entregado al prójimo, como bueno, reconocido filántropo y entregado a los demás fue su adorado esposo, Dr. Francisco  Martínez (Ico).  

Con su muerte, Tamboril pierde a uno de sus seres más queridos y los niños desamparados a su verdadero ángel protector. Como bien escribió, a propósito de su muerte, nuestro inspirado y  aldeano poeta, Dagoberto López, doña Yola «tendió sus manos franca más allá de la Biblia…»

En mayo del 2011, el Ateneo Amantes de la Luz la distinguió al otorgarle el premio «Peña y Reinoso», renglón Servicio Comunitario, con el fin reconocer el trabajo que durante más de treinta años desarrolló en beneficio de los niños pobres del municipio de Tamboril. Al valorar esta prestigiosa distinción, uno de sus compueblanos, el catedrático universitario Carlos José Rosario, escribió lo siguiente:

«Muy merecido el homenaje rendido por el Ateneo Amantes de la Luz a doña Yolanda Martínez por los servicios entregados a su comunidad de Tamboril. La he visto caminar desde su casa hasta el hospital para atender a  niños desnutridos sin conocer sus nombres ni sus padres. Cuando los pueblos cuentan entre sus ciudadanos con personas como ella, generosas y valientes, otros, como yo, sentimos el orgullo de haber nacido allí.»

Se nos fue doña Yola del mundo de los vivos. «Partió tibia y serena/
con el sol de septiembre…» – continúa  el poeta.  Y al marcharse, el pueblo  a quien tanto le sirvió llora su partida. Por eso no se marcha sola; porque como también afirma el poeta, doña Yolanda:

«Lleva todos los ecos,
de su entorno y su gente»

Y lo que es más importante:

«Lleva a Ico en su alma,
con toda su grandeza, 
con sus grandes querencias,
de infinitos trigales»

Falleció doña Yola, pero su  imagen, su obra y su  recuerdo permanecerán atados para siempre en la memoria de su adorada Pajiza Aldea (Tamboril).  Por eso concluye el poeta:

«...Y partió Doña Yola,
y se quedó tatuada,
por siempre  en nuestro pueblo...»