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Mi visita a Washington

Publicado por Redaccion Diario55  |  Opinión |  sábado 16 mayo 2015

Visitar a los Estados Unidos de América  y tener la suerte y el privilegio de conocer a Washington DC, es un lujo que no todo el mundo puede darse. Gracias a mi querido hijo Félix Lisandro, no solo tuve la oportunidad recorrer  las angostas y limpias calles y avenidas de la capital norteamericana -donde está el centro del poder del imperio- sino que anduve por lugares impresionantes, como gigantes museos,  mientras que  pasé -en unos de cerca y en otros un poquito más distante- por sitios que solo en revistas, periódicos o en imágenes de televisión había visto en mis 62 años de vida. Conmigo Lisandro cumplió una promesa que me había hecho cuando yo todavía estaba en República Dominicana, que era llevarme a conocer a Washington DC. Para eso, aprovechó que estaba libre ese jueves 2 de abril -en plena Semana Santa- para hacer realidad este otro sueño mío.
    
Así que -a primeras horas de ese día- me estaba tocando la puerta para que me preparara para la partida. En media hora, más o menos, estábamos tomando la ruta hacia la capital estadounidense. En el trayecto, Lisandro me iba mostrando los lugares de interés de Filadelfia, como el estadio de beisbol, el Citizens Bank Parkel,  el hogar del equipo de baloncesto y otros.
   
 Al avanzar pasamos por Delaware, que  es uno de los 50 estados de los EUA, situado en la región del Atlántico Medio. Es el segundo estado más pequeño en extensión territorial, tan solo por detrás de Rhode Island, dice Wikipedia.
    
Tras una breve pausa -para hacer algunas necesidades y calentarnos el estómago con un café con leche- continuamos la ruta. La próxima ciudad por donde atravesamos fue Baltimore, en el estado de Maryland. En poco tiempo alcanzamos a Washington DC. 
    
El primer objetivo era llegar hasta la embajada dominicana para ver si podíamos localizar al honorable señor embajador José Tomás Pérez, para un saludo y una entrevista periodística.
    
Mi hijo -aunque no sabía exactamente donde quedaba la sede diplomática- llegó sin tener que preguntar ya que el “yipies” lo llevó “directico” al lugar. “Está al doblar de la esquina”, me dijo y ahí mismo apareció. 
    
Solo que tuvimos mala suerte  ya que -por tratarse de un jueves santo- la sede diplomática estaba cerrada pues llegamos entre las 12:00 y la 1:00 de la tarde, y a esa hora era difícil que estuvieran laborando. Tratamos de ver si alguien nos orientaba, pero fue una misión imposible, el área estaba solitaria completamente.
    
De ahí nos fuimos al corazón de la capital norteamericana la cual, de acuerdo con el Departamento Censal de Estados Unidos, tiene un área de 177 km² (68,3 mi²). De este total, 159 km² es tierra y 18 km² (el 10,16%) es agua. La idea era recorrer algunos de los principales museos y conocer la Casa Blanca, aunque fuera de lejos.
    
La oferta es amplia y atractiva pues la capital estadounidense cuenta con amplios e interesantes museos y galerías entre ellos el Nacional de Arte y Cultura Afroamericana, Nacional del Aire y el Espacio, Nacional de Historia estadounidense, Nacional de Historia India, galería Arthur M. Sackler, Corcoran,  Nacional de Arte y Freer, además de otros museos como  Hirshhorn y Jardín de Esculturas, del Holocausto y Museo Internacional del Espionaje.
    
¡Claro! no podíamos recorrerlos todos pues apenas teníamos unas cuantas horas disponibles ya que había que regresar a Filadelfia el mismo día, además de que andábamos con el pequeño de la familia, Luis Daniel, y no podíamos sacrificarlo mucho porque en verdad esos lugares son amplísimos y para recorrerlos se requiere de mucho tiempo.
   
 Así que fuimos al Museo Nacional del Aire y el Espacio y al de Historia Estadounidense y pasamos por un par de galerías, sin detenernos mucho, ya que el tiempo apremiaba (ameritan una Trinchera aparte). A lo lejos vimos el Capitolio, pasamos por el Monumento a Washington y nos detuvimos frente a la Casa Blanca, donde ese día había todo un hervidero humano, aunque casi siempre está así.
    
Muchos visitantes -cámaras en manos- se tomaban fotografías mientras que los más optimistas esperaban que, en cualquier momento, se asomara al balcón el presidente Barack Obama para un saludo. “Ha aparecido en algunas ocasiones”, me confió mi hijo aunque esto lo recibí con escepticismo. 
    
El pequeño Luis Daniel estaba cansado, ciertamente  el día había sido bastante  ajetreado, y hasta “yo con ser cristiano” ya no daba para mucho por lo que -cumplido este objetivo- decidimos emprender el viaje de regreso. Eso sí, la salida fue infernal.
    
Caía la tarde y el tránsito estaba extremadamente pesado. Avanzábamos a pasos de tortuga ¡creo que más lento! Y no exagero para nada. Con decirles que nos costó más de una hora tomar la autopista que nos llevaría de vuelta a casa.
    
Al fin y al cabo, pudimos escaparnos con la paciencia que ya tienen los que están acostumbrados a conducir por las calles de Estados Unidos, y sobre todo, en las grandes ciudades. Otra breve parada para estirar los músculos  –las temperaturas todavía estaban bajas por esos días-, picar algo y continuar la ruta.
    
Llegamos a Filadelfia en las primeras horas de la noche tras un día que considero interesante e inolvidable porque había sido rico en conocimientos y experiencias, todo gracias al esfuerzo y a la buena voluntad de mi hijo Félix Lisandro, que se dignó en darme ese interesante paseo por la capital norteamericana, cosa que agradezco de todo corazón.

(Continuara)
¡seguimos en combate!